sábado, 31 de julio de 2010

EL TEMBLOR DE LOS IN-VERSOS

Saber de la muerte me estremece. Como el sexo, me estremece.

Pienso en la muerte y lloro. De forma casi imperceptible mi memoria vuelve a las largas horas del sexo. Un filme de años. Recuerdo las pistas y sus trayectorias, los anuncios luminosos y otros desgastados de aquellos hoteles, recuerdo (aquí cabrían las caricias, el sabor de las salivas, el aroma de los cuerpos), las velocidad de las respiraciones. Recuerdo la forma en que hablábamos largas horas en esas camas mientras contemplábamos la avenida Arequipa desde un segundo o cuarto piso, recuerdo el sabor del tabaco que se acentuaba en la lengua y se mezclaba con el sabor de esos destellos de VIDA post-orgásmicos.

Pienso en las horas de sexo y las ciudades se me desfilan como cuerpos y puedo recordar perfectamente cada una de las respiraciones de esos encuentros, tantas calles en distintos instantes. Tanta muerte incrustada en los poros.