Estas vacaciones y este verano me ingresan en el crudo espanto de lo que llaman realidad. Hoy, las ficciones no alcanzan. No basta con leer a Kafka o Cortázar, ni siquiera una valiosa metáfora. Entro en la disyuntiva: entre mi afán literario (acaso y brevemente, rozó lo filosófico)-prolongado a esta altura de mi vida y el infortunado remordimiento de mi improductividad social (la irremediable carencia de medios que me refunden en una llana pobreza). Lima no me ofrece alternativas: la muerte pasa, pero no conmueve; la mendicidad me seduce pero no me enamora.
He pensado en buscarme un empleo gris, aburrido e irrelevante, horroroso e indigno. Que obstruya poco mi compromiso intelectual, que me consuma contadas horas y determinados días (todo lo que dice ser “legal”). Entre tanto, robarle algunas horas al sueño, para la lectura o la escritura; a riesgo de que se vuelvan un hobbie (asquerosa palabra). Esta caída en lo real, terminará absorbiendo de a pocos; decía Charly García: “la entrada es gratis, la salida... vemos” Siempre el miedo; pero sólo a eso puede aspirarse por ahora.
Otra parte de la realidad; me ofrece volver a mis raíces vagabundas: tratando de no negociar la higiene personal, pero quizá andar por las plazas; con pequeños poemas impresos por la facultad y con algunos dibujos (mi despojos esquizoides); y ofrecerlos. Aun cuando luzca mi mala formación comercial, pues, quizá la ilusión más grande es que alguien entregado a la cotidianeidad me lea por fin.
*
Aunque espero, quieta: ver el fondo, arañarlo y recién ir hacia lo real. Me voy percato de las reservas alimenticias; pero creo que lo que me pesa más, es la dependencia familiar. Todo esto, es lo que me arroja a tomar en serio la realidad…
Pero:
¿Qué hago entonces, al mediodía, en pijama, buscando sentido al universo entre las paredes mal pintada de mi habitación? Yo que nací para reina, pienso (estúpidamente)… una manera inútil en que uno de mis suspiros es pensamiento.