Si la llegada de dios (hijo) fue un poco más que efimeridad, la llegada de la primera década del siglo por pasar; no hizo más que confinarnos en el más insulso de los desamparos. Existir al borde de las promesas, entre las buenas intenciones y los profundos deseos. Entre las luces de colores y la torpe alegría de los que esperan y esperarán en los siguientes años.
Por mi parte, los brujos me han dicho lo mismo… la buena fortuna, la esperanza en lo bueno siempre están echadas en las cartas. Pero creer en las argucias de las estrellas o desesperarme por las cosas que quedan entre ellas; no es más que una reacción temperada ante la vida misma. ¡Ay! Si pudiera recuperar todas mis ficciones… seguramente estas cosas no serían más que un desliz vivencial –real- propio de las contrariedades sociales, propias de un contrato. Seguramente pasaría mis horas de insomnio construyendo argumentos con los que defenderme, con los que propiciar una minoría selecta… pero, la realidad consume y no me desespera.
Se abre un nuevo año, y al contrario de los otros: no ahondaré en el dolor, ni en el pesimismo, ni en las remembranzas de las malas glorias. Sólo queda, vivir.

